No puedo dejar de pensar en Estación del Vía Crucis, uno de los ocho relatos que componen Secretos a voces de Alice Munro.
El Lamento de Portnoy escribe lo siguiente:
Pero no es menos cierto que me resulta difícil hablar sobre Munro y su excelencia ya que cualquier cosa que diga no logrará captar las emociones que me producen la lectura de sus relatos, lo cual es insatisfactorio (para mi) e injusto (con la autora)
Hay que leer a Alice Munro. Es así de sencillo. Es todo cuanto debería decirse. Hay que sumergirse en sus relatos y dejarse llevar por las exposiciones que realiza en cada texto, como un río de palabras que fluye sin tropiezos aunque juegue muchas veces con la ruptura temporal. Porque es el lector quien debe explorar y sacar sus propias conclusiones sobre cada relato, ya que la autora no enfatiza, al menos no de forma evidente, los hechos más relevantes. Y es esa falta de énfasis la que produce esa extraña sensación: Mientras que los relatos fluyen regularmente, se desgranan sin alteraciones, uno siente el placer de la ligereza; cuando alcanzas el final, como dice j. exclamas “¡¿Tan fácil? ¿Cómo llegamos a este punto?!”, y entiendes que la ligereza es una sensación errónea, que cuando alcanzas la comprensión del relato en su totalidad el lector tiene como una especie de revelación.


Sea el primero en comentar
Related Post
Por favor, deja tu comentario