La interacción intelectual y artística entre Rafael Alberti y Maruja Mallo fue tan intensa que, en numerosas ocasiones, parece una transcripción simultánea. Solo me imagino lo que pudo significar para Mallo esta relación donde se conjugan amistad, amor y genio artístico. Parece que Maruja Mallo no necesitaba tocar el cielo con las manos, lo encontraba sobre la tierra. Años más tarde, Alberti se casaría con María Teresa León quien prohibió que mencionara siquiera a la pintora.

Tierra y escrementos (1932) Óleo sobre cartón. Maruja Mallo. En el Museo Reina Sofía.
Tú,
tú que bajas a las cloacas donde las flores más flores son ya unos tristes salivazos sin sueños
y mueres por las alcantarillas que desembocan a las verbenas desiertas
para resucitar al filo de una piedra mordida por un hongo estancado,
dime por qué las lluvias pudren las horas y las maderas.
Aclárame esta duda que tengo sobre los paisajes.
Despiértame.
Hace ya 100.000 siglos que pienso en que tú eres más tú cuando te acuerdas del barro
y una teja aturdida se deshace contra tus pies para predecir otra muerte.
El espanto que suben esos ojos deformados por las aguas que envenenan al ciervo fugitivo
es la única razón que expone mi esqueleto para pulverizarse junto al tuyo.
Una luz corrompida te ayudará a sentir los más bellos excrementos del mundo.
Periódicos estampados de manos que perdieron su nitidez en el aceite desgarran hoy el viento
y los charcos de grasa solicitan tus ojos desde los asfaltos reblandecidos.
Aceras espolvoreadas de azufre aclaman por el alivio de una huella
para que se agiten de envidia esos vidrios helados que se abandonan a los terrenos intransitables.
Emplearé todo el resto de mi vida en contemplar el suelo seriamente
ahora que ya nos importan cada vez menos las hadas,
ahora que ya las luces más complacientes estrangulan de un golpe las primeras sonrisas de los niños
y exaltan a puntapiés el arrullo de las palomas
y abofetean el árbol que se cree imprescindible para el
embellecimiento de un idilio o de una finca.
Mira siempre hacia abajo.
Nada se te ha perdido en el cielo.
El último ruiseñor es el muelle mohoso de un sofá muerto.
Desde los pantanos, ¿quién no te ve ascender sobre un fijo oleaje de escorias,
contra un viso de tablones pelados y boñigas de toros,
hacia un sueño fecal de golondrina?
La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo (1929) Rafael Alberti.
Mallo era capaz de descifrar la vision de su pintura. En lo popular en la plástica española a través de mi obra es fascinante, para mi, la belleza de su prosa:
“En estos momentos me impresionaba la naturaleza eliminando las basuras. La tierra incendiada y encharcada. Las cloacas empujadas por los vientos. Los campanarios atropellados por los temporales. El mundo de las cosas que transitan. Esta visión tangible de las cosas que se transforman, que con frecuencia tropezaba por las estaciones de circunvalación, es la base del contenido de la labor de aquel momento”.
Dicen, dicen, que en su exilio bonaerense Maruja sufrío una caida y, en su estado inconsciente, nombraba a Alberti ¿Sirve de algo airear chismorreos? Puede que no, pero estoy casi segura a quien marco para siempre el poeta y me parece encomiable el silencio que al respecto mantuvo la pintora (al margen de que la vida de Alberti no es santo de mi devoción); como dijo Ramón Gómez de la Serna: “Ella ha pasado sus tragedias sola, valiente, sonsacando de todo lo que puede, sus nuevos hallazgos espeluznantes o divertidos…” Exiliada a miles de kilómetros del lugar que la vio triunfar, fue una de las escasas pintoras que vivió unicamente de su trabajo como artista en aquella época.
Inteligente, audaz, independiente, provocadora y singular ya no tenía cabida en los avatares que envolvieron España a partir de 1939.


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