Cuatro años en Cuba como corresponsal de Televisión Española deberían ser suficientes para agotar mi capacidad de asombro. Pero no ha sido así. Cuba, como la pipa de Magritte, no es una isla, es la imagen de una isla. Hay que vivir en Cuba para saber cómo es la vida cotidiana, para entender que hay dos situaciones, una real y otra virtual, y que los cubanos habitan ambas a la vez sin estar locos, como dice el bolero de Richard Danenberg.
Vicente Botín ha trabajado durante 38 años en Televisión Española, en programas como Informe Semanal y En Portada. Profundo conocedor de Sudamérica, es autor de más de un centenar de reportajes en toda la región. En 1999 fue nombrado corresponsal de la cadena pública en Argentina y los demás países del Cono Sur. En enero de 2005 y hasta octubre de 2008, fue corresponsal en Cuba, una tarea nada fácil por el estricto control que ejerce la seguridad del Estado sobre los periodistas extranjeros. Nadie desde dentro de la isla puede contar la verdad de lo que allí ocurre. Los corresponsales solo se aproximan a la realidad a través del doble lenguaje y las metáforas, sin perder de vista la raya que traza la autocensura para evitar ser expulsados del país. Este libro, escrito en su mayor parte en La Habana, es una especie de exorcismo con el que Vicente Botín quiere librarse de la frustración de no haber podido contar la verdad de Cuba, al menos toda la verdad.


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