Cuando leí a Anaïs Nin por primera vez no creo que llegara a tener diecisiete años y reconozco que fue por pura curiosidad, buscando con ansiedad aquellos pasajes que fueron para mí como un sorpresivo lengüetazo en la boca. La curiosidad me lleva de nuevo y descubro su voz firme, como una melodía que, curiosamente, encaja perfecta en el batiburrillo de impresiones que, como un poso, se quedaron prendados en algún lugar de mis recuerdos.
Hoy, veinticinco años mas tarde, todo se entrelaza y acuden las palabras del bueno de Fray Servando “El placer no conoce el pecado y el sexo no tiene nada que ver con la moral”, que sería lo que le llevo a esta conclusión al protagonista de El mundo alucinante de Reinaldo Arenas. Para Anaïs fue Henry Miller.


Una maravilla, gracias.