“Zapata Tamayo era de la escuela de la rectitud, la decencia y el respeto, reconocida en el duro y complejo mundo del presidio cubano. Identificada por los delincuentes comunes y por los carceleros que se saben de memoria los nombres de Mario Chanes de Armas, un hombre que cumplió 30 años de cárcel en rebeldía y el de Pedro Luis Boitel, un líder estudiantil, que en 1972, fue el primer prisionero del castrismo en morir encerrado (a los 41 años) después de 53 días de una huelga de hambre.
Él, que provenía de esa estirpe, estaba convencido que llevaría su empeño hasta el final. Y por su conocimiento de la actuación y las reacciones de los funcionarios de prisiones estaba persuadido también de que ellos serían implacables. Así es que el prisionero asumió la huelga de hambre y todos riesgos para reclamar un trato humanitario. Que se le reconociera su condición de prisionero de conciencia y se le pusiera fin a los abusos, golpizas y ensañamientos contra los presos políticos.
El activista había trabajado en varios grupos de la oposición pacífica, fue uno de los organizadores de una peña de debate social en el Parque Central de la Habana y, en la llamada Primavera Negra de 2003, durante una ola represiva que llevó a prisión a 75 cubanos, Zapata Tamayo fue sentenciado a tres años de cárcel.
En ese juicio inicial se le formularon cargos por desorden público, desacato y desobediencia, pero después, durante sus estancias en el centros penitenciarios habaneros, de Pinar del Río, Holguín y Camagüey, por actos de protestas y desafíos a los carceleros, le elevaron la pena a 36 años de cárcel. Esa era la condena que cumplía cuando murió.
Las exigencias del preso y su permanente trabajo de denuncia por los malos tratos, por la falta de alimentos y la higiene en las celdas y destacamentos, hicieron que los carceleros actuaran siempre con rigor y violencia contra el activista.
En octubre de 2009, Zapata Tamayo recibió una paliza en la prisión provincial de Holguín. Durante el episodio recibió un golpe que le produjo una lesión grave en la cabeza y lo tuvieron que someter a una cirugía de urgencia.
Su familia denunció que cuando comenzó su huelga en la cárcel de Kilo 8 en Camagüey, los militares decidieron negarle el agua para beber y la medida le provocó una falla renal. Después, en el hospital a donde lo trasladaron, ya con la salud muy deteriorada, lo dejaron casi desnudo frente a un equipo de aire acondicionado y se le diagnosticó poco después una neumonía. Ahora, esta mañana de febrero, ya no está, y la cifra de presos políticos cubanos se queda en un número redondo: 200.
Fragmento de Dar la vida no es perderla de Raúl Rivero en El Mundo, 25 de Febrero de 2010.



Otro que sabe de lo que habla.