13 de marzo de 1984.
Un director de cine de Budapest (nunca había oído su nombre) me escribe una carta donde me pide que vuelva porque “el gesto vacío”, esto es, el exilio, carece ya de sentido; en Hungría todo ha cambiado para bien, la vida es alegre, etc. Califica de “gesto” el hecho de que yo lleve treinta y seis años en el extranjero y me invita a volver a casa, donde me recibirán “a bombo y platillo o de incógnito”, como yo prefiera. Estos casos me dejan estupefacto por lo poco que saben los contemporáneos sobre las razones que motivan a cada uno. Mi desconocido corresponsal da por supuesto que voy a formar parte de los “idiotas útiles”, por emplear la expresión de Lenin. Y entonces siento un gran alivio al pensar que todo un océano me separa de esa clase de gente.
(Nota: el subrayado es mio. Visto en adncultura.com)


Propio de los sistemas comunistas, es lo que están haciendo ahora mismo con Germán Puig y con otros, me refiero a Cuba. Claro. Estoy también leyéndolo, y se me atraganta la vida.