Hace unos días dejaba mi comentario en un excelente post de Zoé en el metro. Pensaba que se podían enterrar algunos recuerdos, pero tan solo duermen, esperando que algo o alguien hurgue y hurgue y los despierte. Y, ahora, es Miguel Hernández quien escribe a su esposa Josefina desde la cárcel, muy afectado porque conoce la mala situación por la que está pasando, solo come pan y cebolla:
“El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando esas coplillas que le he hecho, ya que aquí no hay para mí otro quehacer que escribiros a vosotros o desesperarme…”
Y al instante el eco de una melodía que un día entregué como regalo, que por el paso indulgente del tiempo se ha transformado. Ya no sabe a una antigua ingratitud. Ahora tienen todo el sabor de una boca, de unos ojos que han sabido amar.



Bello post, gracias. ¡Qué bueno estaba Serrat!