Santa Catalina de Alejandría, virgen y mártir, aparece representada con los objetos con los que la tradición mística la enalteció; la rueda con cuchillas de su martirio que saltaron hiriendo a sus verdugos, la vara con el mismo propósito y la espada con que fue decapitada. Santa Catalina era de origen noble y Caravaggio, gran amante del terciopelo de colores oscuros que él mismo vestía con fruición, pintó magistralmente a la santa con aderezos de princesa.
Caravaggio era mimado por las más altas esferas del poder (léase la Iglesia), fuerza equiparable a su poder como artista provocador de grandes sensaciones, simbiosis que le sirvió para salir ileso de situaciones más que complicadas (mató a un hombre en una reyerta callejera) y poder pintar a su antojo. Santa Catalina, pura y virtuosa, fue pintada con el rostro de una prostituta, Fillide Melandroni, elemento de un ambiente que Caravaggio nunca dejo de frecuentar.
En el Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.



Gracias, Elisabet, por el Caravaggio.
Uno de “mis”