Depósito de Automóviles Seat en el Paseo de la Castellana (1964). Fotografía de la exposición “Los brillantes 50. 35 proyectos”. En la Arquería de Nuevos Ministerios hasta el 25 de abril.
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Memorias habladas, memorias armadas es un libro muy difícil de conseguir, tan difícil que me parece mentira tenerlo en mis manos. Son las palabras de Concha Méndez (Madrid, 1898 – Mexico, 1986) en cintas magnetofónicas, grabadas y armadas por su nieta Paloma Ulacia Altolaguirre. Llegué hasta Concha Méndez por su amistad con Maruja Mallo, parece que Concha fue una de las pocas personas que no pudó olvidar a Maruja. Ellas paseaban por Madrid desafiando divertidas sin sombrero, algo realmente escandaloso en aquella época. Con Irene Falcón, Maruja se mofaba de las señoritas engalanadas para buscar marido que desfilaban por el Paseo de la Castellana: “Fíjate, Irene, esas chicas que guapas son, pero que tontas. Nosotras somos feas, pero somos inteligentes”.
Concha, predestinada a un futuro de mujer tradicional, encuentra en su amiga Maruja el apoyo que necesita. ¿Qué habría sido de Concha Méndez en su juventud sin el carácter singular de una amistad tan afín?
“¡Que un aviador me preste
las alas de su avión
que quiero ponerle alas
de nuevo a mi corazón!”
(Surtidor, Concha Mendez)
Paloma ha escrito bellisimas palabras sobre su abuela en el prologo, que no dejo de releer:
“Para el exiliado, el cultivo de su memoria obedece a algo más que a una simple actitud nostálgica: constituye una autentica búsqueda, un intento por rescatar ese mundo interior, en el que habita solo, porque no hay nadie, o casi nadie, a su alrededor que refleje su pasado. En cierto sentido es la extrañeza de no encontrar ni en las gentes ni en el paisaje aquella persona que fue, ni el eco de aquellos hechos que alguna vez le hicieron feliz o desdichado (para el memorioso son tan imprescindibles los unos como los otros). [...] No solo había abandonado su país, es decir, toda una manera de ser y de vivir; sino que, ya en México, no pudo encajar ni en los medios literarios, por un lado, ni en el grupo social de los refugiados, por otro. [...] Reflexionando sobre la guerra misma, comprendió que los españoles habían sido victimas de una trampa: que, bajo pretexto de defender ideales (algunos más dignos que otros), se habían asesinado entre sí, hermanos, amigos y vecinos. [...] Así, desilusionada con la humanidad, desilusionada con los medios literarios, ella sumió su exilio con el mayor pudor y dignidad posibles, adaptándose a su nueva realidad, en la que vivía aislada, pero atenta a que su antigua inspiración poética no la fuera a abandonar.”
Etiquetas: Concha Méndez, Manuel Altolaguirre, Maruja Mallo, Paloma Altolaguirre Mendez, Paloma Ulacia Altolaguirre
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Coral, conchas y caracolas como metáfora de un cuerpo único, en suave equilibrio, el de mujer. Y la perla.
Naturalezas vivas (1943), Maruja Mallo.
“Zapata Tamayo era de la escuela de la rectitud, la decencia y el respeto, reconocida en el duro y complejo mundo del presidio cubano. Identificada por los delincuentes comunes y por los carceleros que se saben de memoria los nombres de Mario Chanes de Armas, un hombre que cumplió 30 años de cárcel en rebeldía y el de Pedro Luis Boitel, un líder estudiantil, que en 1972, fue el primer prisionero del castrismo en morir encerrado (a los 41 años) después de 53 días de una huelga de hambre.
Él, que provenía de esa estirpe, estaba convencido que llevaría su empeño hasta el final. Y por su conocimiento de la actuación y las reacciones de los funcionarios de prisiones estaba persuadido también de que ellos serían implacables. Así es que el prisionero asumió la huelga de hambre y todos riesgos para reclamar un trato humanitario. Que se le reconociera su condición de prisionero de conciencia y se le pusiera fin a los abusos, golpizas y ensañamientos contra los presos políticos.
El activista había trabajado en varios grupos de la oposición pacífica, fue uno de los organizadores de una peña de debate social en el Parque Central de la Habana y, en la llamada Primavera Negra de 2003, durante una ola represiva que llevó a prisión a 75 cubanos, Zapata Tamayo fue sentenciado a tres años de cárcel.
En ese juicio inicial se le formularon cargos por desorden público, desacato y desobediencia, pero después, durante sus estancias en el centros penitenciarios habaneros, de Pinar del Río, Holguín y Camagüey, por actos de protestas y desafíos a los carceleros, le elevaron la pena a 36 años de cárcel. Esa era la condena que cumplía cuando murió.
Las exigencias del preso y su permanente trabajo de denuncia por los malos tratos, por la falta de alimentos y la higiene en las celdas y destacamentos, hicieron que los carceleros actuaran siempre con rigor y violencia contra el activista.
En octubre de 2009, Zapata Tamayo recibió una paliza en la prisión provincial de Holguín. Durante el episodio recibió un golpe que le produjo una lesión grave en la cabeza y lo tuvieron que someter a una cirugía de urgencia.
Su familia denunció que cuando comenzó su huelga en la cárcel de Kilo 8 en Camagüey, los militares decidieron negarle el agua para beber y la medida le provocó una falla renal. Después, en el hospital a donde lo trasladaron, ya con la salud muy deteriorada, lo dejaron casi desnudo frente a un equipo de aire acondicionado y se le diagnosticó poco después una neumonía. Ahora, esta mañana de febrero, ya no está, y la cifra de presos políticos cubanos se queda en un número redondo: 200.
Fragmento de Dar la vida no es perderla de Raúl Rivero en El Mundo, 25 de Febrero de 2010.
César Alexander Cozar y Omar Pernet frente a la sede de la Unión Europea en Madrid, la semana pasada:
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