Es la pasión de Elizabeth Smart por un hombre casado del que se enamoró antes de conocerle, con el que tendría cuatro hijos y una vida tormentosa de intermitentes encuentros, que fluye incontenible. Poético, arrebatado y lucido. Tan real como olvidado, así es el amor.
“Qué estacionaria se ha vuelto la vida, y las horas se alargan hasta lo insoportable. Sentados sobre la hierba de oro del acantilado, el sol se inmiscuye entre nosotros, nos apremia a que hallemos una solución: la buscamos en vano, mientras su urgencia se nos hace insufrible. Nunca antes había yo estado enamorada de la muerte, ni agradecida a las rocas por prometerme una muerte segura. Pero ahora la idea de morir violentamente se me aparece ataviada de una melancolía seductora, y adornada con todos los halagos. Pues no hay belleza en negar el amor, excepto quizá a través de la muerte, y hacia el amor ¿existe algún camino?
Negar el amor, y engañarlo mezquinamente asegurando que lo no consumado será eterno, o que el amor sublimado se eleva hasta lo celestial, es repulsivo, como repulsivo es el rostro del hipócrita si se coloca al lado de la verdad. Si estuviera más lejos del centro del mundo, de todos los mundos, me dejaría embaucar mejor, pero ¿acaso puedo ver la luz de una cerilla mientras estoy ardiendo en los brazos del sol?
No, os digo, abogados míos, mis ángeles de ojos sádicos: esto es el comienzo de mi vida, o el final. Así lo afirmo, apoyada en la mesa del café, y renuncio a mis próximos cincuenta años con una fácil sonrisa. Pero ninguna de las eventualidades que la prudencia o la piedad podrían evocar pone en duda la certidumbre de mi amor, y a fin de cuentas no podemos hacer otra cosa que sentarnos a la mesa sobre la cual nuestras manos se cruzan, escuchando melodías en la gramola, el amor inmenso y simple entre nosotros, sin nada más que decir.
Cada hora pues, al más ligero ruido, me sobresalto, me levanto creyendo que el techo va a derrumbarse sobre mi cabeza, que oiré tronar el castigo de Dios anunciando que su paciencia a terminado.
Ella camina con ligereza, como un niño cuyos pies danzarines pisarán gigantescos explosivos. No sabe nada, pero, como los pájaros en otoño, percibe un presagio en el aire. Sus gestos son nerviosos, hay corrientes de aire en todas las habitaciones, pero menos sensata que los pájaros a los que el signo más nimio hace emprender vuelos de tres mil millas, ella no hace otra cosa que mirar vagamente allá lejos, al Pacífico, extrañándose de que el paraíso no tenga, después de todo, una orilla en California.”
Arte, amor, hijos
Rss